Emergencia en el Sur: El Estado hace agua
Pronunciamiento de Andes Libres respecto de estado de Emergencia declarado en gran parte de las regiones del sur peruano y la pobre reaccion de autoridades y politicos.

Eran aproximadamente las 5 de la tarde del cuarto domingo de Enero que una lluvia que tardaría casi 15 horas en cesar se convertía en el prologo de la declaratoria de emergencia y de la catástrofe que sería conocida mas tarde. Hace mucho tiempo no se vivía una situación similar y mucho debería ser el tiempo que permanezca el recuerdo aleccionador de lo que sucedió en el sur peruano. Las lluvias no dejaban pasar un día sin mojar los pueblos de esta parte del Perú durante más de un mes cargando los ríos para desbordar los mediocres embalses y llevarse con esa furia serrana las precarias construcciones de adobe, humildes y escasas posesiones y con ello la poca credibilidad que restaba en el estado y sus políticos.
Pero vamos a desprendernos un momento de los adjetivos que merecen los que gobiernan y apuntar con justicia que la declaratoria de emergencia fue rápida pero no oportuna. Que el gobierno central mando a su Primer Ministro que demostró con denuedo deberle el cargo al carnet partidario y la probable ausencia de medicación en la dieta presidencial, tras la fugaz permanencia en la zona afectada dijo con la serenidad de un “estadista” y –en el mejor acento que un forastero podía tener: “Hemos enviado frazadas al Cucco (Cusco)”.
Finalmente, una semana después el presidente García asomo su vasta anatomía para decir que no se debía dar lugar a la exageración y que los turistas varados en el santuario de Machupicchu habían sido completamente evacuados. ¿Cómo le debe sonar la exageración a aquellos que no son turistas y veían como las paredes de sus casas se alejaban inevitablemente con las aguas de los ríos? O a las familias de los muertos, los que tienen que dormir en carpas, o los que no tienen agua, o los incomunicados, esos que están en Zurite, Lucre, Huacarpay, Anta, esos nombres que Alan García tiene presente solo en –lo sabemos ahora—la retorica banal. Esos damnificados son los que vieron la cara risueña del presidente en campaña y que hoy no piden sino demandan atención, condolencia y deber.
Pero no es la única despreciable reacción. Los que en mejores tiempos desfilan ágilmente, cantan, corren y elaboran truculentas piruetas para pedir votos sumaron esfuerzos para ofender al pueblo con su indiferencia ¿Acaso tiene uno que ser Presidente para ayudar? ¿Alguien sabe donde está Ollanta Humala (el nacionalista que dice tener una fortaleza electoral en esta tierra) o Keiko Fujimori? ¿No son ellos capaces de movilizar recursos y dinero cuando están en campaña? Lo que es cierto es que estarán aquí cuando el sol permita un viaje sereno, cuando tengan que pararse en un estrado y a grito destemplado afirmar la Fe en el Estado que lo puede todo.
No queda eximir tampoco de responsabilidad a los que desatendieron los riesgos de construir en las riberas del rio o en terrenos inestables. Sin embargo, es un error que se ofrece como la única opción entre los que no tienen casa y si cabe un juicio más severo quizás habría que estar en su lugar. Pero el celebérrimo sistema centralista ha jugado un rol definitorio en agrandar la patética respuesta ante el desastre con autoridades locales y nacionales incompetentes desde su origen electoral y su poca resolución para ordenar obras de prevención. Los serviles se justificaron afirmando que las lluvias fueron tan fuertes que habrían sobrepasado cualquier precaución. ¿Qué más se podía decir? ¿Admitir una culpa? De ninguna manera porque admitir errores y cargar una culpa es de hombres y no de cacasenos!
Aunque estas circunstancias de desgracia nos enrostran las miserias y las incapacidades de los políticos y del sistema de planificación central, siembran indicios que conmueven y que podemos señalar para ser optimistas. El sector privado que irónicamente es criticado por lo que el Estado hace o no hace se ha movilizado con prontitud. A pesar de ser aun menor y lleno de obstáculos, este sector a través de las organizaciones civiles ha reaccionado rápidamente y las empresas privadas grandes y pequeñas han socorrido a los damnificados tan pronto se tuvo noticia de las inundaciones. En ello también hay escenas como los jóvenes turistas, entre latinoamericanos, norteamericanos, europeos y otros que ayudaban hombro con hombro a los afectados que se quedarían a vivir en el golpeado pueblo de Machupicchu (inviable tras el desastre). A ellos, cuyos nombres seguramente no sabré nunca, muchas gracias! La naturaleza no perdona cuando se ensaña, lo vimos en Haití y ahora en el Perú y no deberíamos tampoco perdonar este infame olvido. AL
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